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Josefa Zozaya, una mujer destacada por su valor y determinación en la batalla de Monterrey en 1846

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Bautizada con el nombre de María Eduarda Josefa Francisca Zozaya Valdés, apodada por sus padres y hermanos mayores como “Chepita”, nació en Villa Real Borbón, un 12 de octubre de 1822, dentro de una familia acomodada.

 

Se conoce poco sobre su infancia, solo que creció en compañía de sus hermanos mayores y que cuando tenía trece años su madre murió, recibiendo con tiempo los sagrados sacramentos.

 

Chepita era considerada una mujer bella y al cumplir sus dieciocho años, en 1840, contrajo matrimonio con Manuel Urbano de la Garza Flores, originario de Lampazos, Nuevo León. Él era un hombre viudo, de veinticuatro años, proveniente de una familia propietaria de ranchos en Nuevo León y Tamaulipas, además con un largo abolengo en la región.

 

Sus dos hijas, Juana Ramona del Refugio y María Trinidad, nacieron en Villagrán; sin embargo, a los cuatro años de casada, en octubre de 1844, su esposo cayó enfermo y a los pocos días falleció de una fiebre. En 1845, ella decidió dejar la vida rural y mudarse a Monterrey, buscando mayor seguridad.

 

En 1846 ya ocupaba una gran y bella casa en la plaza principal, frente a la Catedral, propiedad de la familia de su difunto marido, los Garza Flores. Con el paso del tiempo el edificio se convirtió en el Hotel Continental, en las calles Corregidoras y Zuazua, actualmente es un espacio de la Macroplaza, exactamente donde hoy se alza el Faro del Comercio.

 

En el verano de ese mismo año (1846), ya se veía llegar el momento de guerra desde la frontera hacia Monterrey, debido a las dificultades con Texas y la posterior admisión de ese territorio a la Unión Americana. Finalmente terminó conduciendo a la guerra entre México y Estados Unidos, ocasionando los primeros campos de batalla en los márgenes del Río Bravo.

 

Después de la derrota de Palo Alto, la malograda Resaca de Guerrero y la evacuación de Matamoros, el ejército mexicano se retiró primero a Linares, Nuevo León, y luego regresó a Monterrey. El miedo de la población de quedar atrapada en una batalla sangrienta provocó que algunas familias abandonaran la ciudad. Sin embargo, a pesar de tener la oportunidad de regresar a Villagrán, Josefa Zozaya decidió quedarse en Monterrey y junto a sus hijas permaneció en su casa para enfrentar la situación que se viniera.

 

Su casa formó parte del último recinto defensivo del plan de combate del general Pedro de Ampudia, y fue ocupada con tropas porque desde ahí se podía dominar el paso de varias calles.

 

El 22 de septiembre de 1846 las tropas del general Taylor atacaron el Cerro del Obispado, al poniente de la ciudad, que apenas fue sostenido por 200 hombres y tres piezas de artillería al mando del teniente coronel don Francisco Berra, quien solicitó refuerzos al general Ampudia, pero llegaron muy tarde. Con aquel triunfo los americanos se convirtieron en una fuerte amenaza para Monterrey, pues tenían tomado el camino del Saltillo, que permitía a las fuerzas mexicanas comunicarse con el resto de la República.

 

Al amanecer del día 23 “ya se había abandonado la primera línea y reconcentrado en la última toda la fuerza, que quedó reducida al pequeño recinto de la Plaza de Armas, blanco de las bombas y granadas”, escribió un oficial mexicano. Los soldados mexicanos apostados en las azoteas aledañas, incluyendo los que se encuentran sobre la casa de Chepita, respondieron a las descargas de los rifles Withnfield de los experimentados rifleros de Mississippi.

 

En un momento de incertidumbre, cuando las balas y las municiones comenzaron a escasear, y los ánimos de los soldados amenazaban con decaer, Josefa Zozaya subió voluntariamente a cada azotea que pudo llevando pólvora, nuevos proyectiles, alimentos, agua, y todo lo que pudiera hacer falta para resistir la embestida, poniendo en riesgo su vida. Su osado acto, al presentarse en la primera línea del combate durante uno de los momentos más difíciles del conflicto, ha sido la razón por la cual la ciudad la consagró como la “Heroína de Monterrey”.

 

María Zozaya murió el 17 de octubre de 1858 en Tamaulipas.

 

“Noble matrona, personificación hermosa de la patria misma”, llegó a decir sobre ella Guillermo Prieto, uno de los primeros cronistas de guerra.

 

Por Daniela Ibarra

 

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